Todos conocemos aquello que se acuñó para definir a la prensa ya en tiempos muy lejanos, el famoso "cuarto poder". No menos conocido es su alcance real para influir en los acontecimientos presentes o en cierto modo alterar la percepción de los pasados. Durante los dos últimos siglos la prensa ha sabido aprovechar el avance tecnológico en propio beneficio para llegar a más rincones, informar con más frecuencia u optimizar los procesos de obtención de información, sin llegar a estar cuestionada en su utilidad, sin perder en ningún momento el bastón de mando.
Pero este es otro siglo. La manera de actuar cambia a marchas forzadas, ya no suele ser el periodista acreditado el que hace uso de un instrumento para informar, ahora es muy fácil que la información aparezca de diversas formas y a partir de diversas fuentes en "la red". Es entonces cuando el periodista se ve con medio trabajo hecho, pero también, con medio pie en un limbo incierto, viendo que el "mercado" de la información ha perdido sus fronteras. Hoy se impone una cohabitación de medios tradicionales junto a Internet, por pura deriva histórica de los primeros y por la naturaleza del segundo, que a día de hoy requiere de filtros para separar la información valiosa del humo y la intoxicación.
Se lleva comprobando unos pocos años, pero los recientes sucesos de otros países y del 15M en España ponen de manifiesto que la prensa establecida trabaja en un desborde claro en cuanto la actualidad lo demanda y miles de seres anónimos se permiten contar con pelos, señales e imágenes lo que ocurre en el mismo momento, o al menos, su versión particular, a través de la red. Que recordemos, no tienen por qué tener más intereses personales que los que tienen unas empresas dedicadas a la información. Por tanto, el monopolio informativo ya no es tal, y la capacidad de creación de opinión ya no es tan fuerte ni está tan localizada como antaño
Queda en entredicho pues, para las generaciones que usan Internet de manera habitual, la utilidad del medio de comunicación tradicional. Una versión a pasos lentos pero muy gráfica del clásico "renovarse o morir".